Fragmentos sobre los domingos

Algunos domingos me vuelvo propenso a la frustración. Esa parece ser la premisa de un domingo, llega, se instala, pasea por los rincones con el primer sol del día, se cuela en los paisajes y se regocija en la rutina (necesaria rutina), se revuelca en la transparencia y hasta parece jactarse de pasar desapercibido. Luego del mediodía se apoltrona y se postula en el top five de las cosas del cajoncito de los otro mas de algo.

Otra vez un perro de la calle pasara por mi ventana, otra vez Butino con diligencia que le indica que se retire de su espacio y otra vez el susto, el escalofrío que sobreviene al hecho de saberse asustado.

Podría decir que los domingos, habitualmente me asustan. Algo tenebroso se oculta detrás de la aparente pacifica tarde, ese sol que baja lento como quien no quiere la cosa, se cuela entre los párpados aparentando mesura. A sabiendas de lo inevitable, me recuerdo devenido en esto y me pregunto como se le dice al deja vu cuando se repite periódicamente.

Los amarillos de la siesta no son inocentes y no solo eso, sospecho de la luz clara y angelical que se torna a ocre y sepia. Algo seduce entre la agonía y las estrellas, algo poco menos que macabro espera y casi casi todas las veces, hasta el tono del teléfono conspira.

(en otra oportunidad repararemos en el susto)

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